Hay una pregunta que casi nunca se hace cuando se discute un parque, porque parece demasiado obvia para merecer respuesta: ¿se puede entrar? El relato público sobre los grandes parques de Quito se construye sobre superficie —hectáreas, árboles, canchas, lagunas— como si el tamaño bastara para medir la utilidad. La Carolina y el Bicentenario invitan a desconfiar de esa métrica. Tienen escala comparable y equipamiento parecido, pero funcionan de manera radicalmente distinta para quien vive a una cuadra, y la diferencia no está en lo que contienen, sino en cómo se cruza su perímetro.
El Bicentenario, levantado sobre las 105 hectáreas del antiguo aeropuerto Mariscal Sucre, es un parque cerrado: un recinto con horario —de 05:00 a 19:00— y un puñado de accesos peatonales concentrados en su flanco noreste. La Carolina, en cambio, es un parque abierto: sin cerramiento ni puertas, se ingresa desde cualquier punto de las cuatro avenidas que lo rodean, a cualquier hora. Esa distinción —recinto con horario frente a borde permeable— es la variable que organiza todo lo demás.
01El borde como política pública
Conviene mirar la geografía real antes que la abstracción. El Bicentenario hereda la forma de una pista de aterrizaje: un eje alargado en diagonal noreste-suroeste, con sus ingresos peatonales agrupados en torno a las intersecciones del norte —Tufiño y Gualaquiza— y a la antigua terminal sobre la Av. Amazonas. Su flanco sureste, en cambio, queda prácticamente sin puertas. La Carolina ocupa un polígono delimitado por cuatro grandes avenidas, y como no tiene cerramiento, cada una de esas avenidas funciona como un acceso lineal continuo: no hay un punto de entrada, hay un borde entero de entrada.
Figura 1 · Geometría y accesos
Pensar el borde como política pública —y no como mero límite físico— cambia la pregunta de evaluación. No interesa cuántas hectáreas tiene un parque, sino a cuántos vecinos los acerca y durante cuántas horas del día. Bajo ese criterio, un parque cerrado con tres puertas al noreste no atiende por igual a quien vive al sur o al oeste: la entrada más próxima puede quedar a varias cuadras, y el portón se cierra cuando empieza la vida nocturna de quien trabaja en horario extendido. El borde permeable de La Carolina, por el contrario, reparte el acceso de manera casi equitativa entre los cuatro costados y no impone reloj.
02Lo que dicen quienes los usan
La distinción de diseño no es una abstracción de urbanista: aparece, casi intacta, en lo que escriben los propios usuarios. Recogí las reseñas públicas de ambos parques en Google Maps y TripAdvisor, y las contrasté con los testimonios de vecinos que recoge la prensa local. Los dos parques tienen calificaciones altas y parecidas —La Carolina 4,5 sobre casi 50.000 reseñas; el Bicentenario 4,4 sobre algo más de 23.000—, de modo que la diferencia no está en el promedio, sino en qué elogian y qué temen los usuarios de cada uno.
Bicentenario
Buena idea convertir un viejo aeropuerto en parque, pero no lo han cuidado y el pavimento luce muy mal; la parte norte da miedo y está abandonada. Reseña en Google Maps (traducida)
En el día hay gente, pero en la noche no se puede caminar; se han visto extorsiones y chulqueros. Vecina del sector, en Primicias, julio 2025
Falta iluminación y seguridad. Aquí han asaltado hasta hace una semana. Pablo Yépez, visitante, en Primicias, agosto 2025
La Carolina
Parque súper moderno, limpio, seguro y funcional. ¡Visita obligada! Reseña en Google Maps (traducida)
Casi no hay rincones sin luz y la seguridad es omnipresente; me sorprende que incluso la ciudad más grande de Canadá no tenga un parque urbano tan desarrollado. Reseña de turista en Google Maps (traducida)
Un parque muy iluminado donde incluso de noche hay mucha gente haciendo ejercicio y paseando perros; da la impresión de ser un lugar seguro. Reseña en TripAdvisor
El patrón es difícil de pasar por alto. En La Carolina, las reseñas que mencionan la noche lo hacen para destacar que el parque sigue vivo después del atardecer: gente corriendo, perros, iluminación, presencia policial. El Ministerio de Gobierno la incluye entre los parques con patrullaje permanente, y la UPC La Carolina organiza turnos desde las 05:00 precisamente para resguardar a los deportistas madrugadores. En el Bicentenario, la noche aparece en las reseñas y los testimonios como el momento en que el parque se apaga —literalmente, cuando fallan las luminarias— y la inseguridad se apodera del entorno. La diferencia de diseño se traduce en una diferencia de uso: el borde abierto y vigilado mantiene una masa crítica de usuarios que se protegen entre sí; el recinto cerrado, vaciado a las 19:00, deja un perímetro desierto.
Es pertinente diferenciar, no obstante, lo que es atribuible al diseño y lo que responde al entorno. Buena parte del temor en torno al Bicentenario no nace dentro del parque, sino en las avenidas que lo rodean —La Prensa, Amazonas—, marcadas por la transición urbana inconclusa que dejó el cierre del aeropuerto en 2013: locales vacíos, baja densidad residencial, ausencia de actividad comercial. Un parque cerrado que da la espalda a un entorno deprimido amplifica ese vacío; un parque abierto rodeado de torres, oficinas y centros comerciales —como La Carolina— se beneficia de la vigilancia informal que produce el simple tránsito de gente. El borde no es solo una decisión arquitectónica: es lo que conecta —o desconecta— al parque de la vida de su barrio.
03La intervención que podría cerrar la brecha
Aquí entra la obra municipal. El 2 de junio de 2026, la Secretaría de Hábitat y Ordenamiento, junto con la EPMMOP, anunció la prolongación de la Av. Amazonas y de las avenidas Real Audiencia y Rafael Aulestria, las tres vías que circundan el Bicentenario. No es un retoque cosmético: el eje occidental —la prolongación de la Amazonas, desde el Centro de Convenciones Metropolitano hasta la cabecera norte del antiguo aeropuerto— suma unos 2,2 kilómetros, costará alrededor de USD 7 millones, y está concebido como parte de un anillo vial que rodeará el parque por completo. La pregunta relevante no es de ingeniería de tránsito sino de uso urbano: ¿qué le hace ese anillo a quien vive alrededor?
La respuesta está en la letra fina del diseño. Las nuevas vías no son solo carriles: contarán con parterre central, un carril de estacionamiento, ciclovía y un bulevar adyacentes al parque, en una propuesta que —según el propio Municipio— busca “integrar el parque sin sacrificar el espacio público”. Ese es exactamente el ingrediente que hoy le falta al Bicentenario y que La Carolina tiene de fábrica: un borde caminable, con vereda generosa y ciclovía, que convierte cada metro del perímetro en un punto de ingreso potencial en lugar de obligar al vecino a peregrinar hasta uno de los tres portones del noreste.
De tres puertas a un anillo de entradas
Hoy el Bicentenario funciona como un recinto con accesos puntuales. El anillo vial —Amazonas al occidente, Real Audiencia y Rafael Aulestria al oriente— rodea el parque con ciclovía y bulevar continuos. En la práctica, eso transforma un puñado de portones en un borde de ingreso permeable a lo largo de varios kilómetros, enlazado con el Corredor Central Norte y la estación El Labrador del Metro.
Dicho de otro modo: la obra acerca al Bicentenario al modelo que hace funcional a La Carolina —el perímetro como invitación y no como muro— y lo hace no en un solo flanco, sino en casi todo el contorno. Por primera vez, el vecino del sur o del oriente podría tener una entrada funcional cerca de su casa, en lugar de una reja lejana.
Vale la pena ser explícito sobre por qué esto importa tanto para el caso particular del Bicentenario. A diferencia de La Carolina, rodeada de torres y oficinas que generan tránsito —y, con él, vigilancia informal— a casi cualquier hora, el Bicentenario nació mirando hacia un entorno deprimido: las avenidas Amazonas y La Prensa quedaron con locales vacíos y baja densidad tras el cierre del aeropuerto en 2013. Un parque cerrado que da la espalda a un entorno muerto multiplica el vacío; un parque con un borde activo —ciclovía, bulevar, gente circulando— empieza a coser de nuevo esa relación. El anillo vial no es solo una entrada al parque: es la costura que vuelve a unir al parque con la ciudad que lo rodea.
La advertencia honesta —porque esta voz no vende obras sin matiz— es que un bulevar, por sí solo, no fabrica seguridad: La Carolina no es segura porque tenga aceras anchas, sino porque la densidad de su entorno y un patrullaje sostenido mantienen gente en el parque a casi todas las horas. Pero esa no es una objeción a la obra; es su hoja de ruta. El anillo vial crea la condición que hoy no existe —un borde permeable, caminable, transitado— y sobre ella se vuelven viables la iluminación constante, el patrullaje y la reactivación comercial que el cierre del aeropuerto dejó pendientes. Sin ese borde, esas medidas no tienen dónde anclarse; con él, por fin las tienen. Frente a la preocupación, legítima pero menor, de que ampliar vías comprometa el área verde, el propio diseño municipal ya responde: el proyecto destina apenas una franja perimetral a la ciclovía y el bulevar, integrando el parque sin sacrificar el espacio público. Se trata de coser un borde, no de invadir el césped.
04El criterio que debería ordenar la inversión
De este contraste se deriva una recomendación más general que la obra puntual. Quito tiende a evaluar sus parques por superficie y por equipamiento —cuántas canchas, cuántas hectáreas, cuántos juegos—, y a celebrar inauguraciones antes que usos. El caso del Bicentenario sugiere invertir el criterio: medir un parque por la accesibilidad real que ofrece a sus vecinos —cuántos hogares alcanza a pie, durante cuántas horas, con qué percepción de seguridad— antes que por el área que encierra. Un parque que duplica en hectáreas a otro pero lo iguala en reseñas y lo supera en miedo nocturno no tiene un problema de tamaño: tiene un problema de borde, de horario y de entorno.
Bajo ese criterio, La Carolina funciona mejor para sus vecinos no porque sea más grande o más bonita, sino porque resolvió primero la pregunta elemental que el Bicentenario nunca pudo responder: dejó de tratar su perímetro como un muro y lo convirtió en una invitación. La prolongación de la Amazonas y el anillo vial son, leídos así, mucho más que una obra de movilidad. Son la decisión de darle al Bicentenario, por fin, lo que siempre le faltó: una entrada de verdad. Una obra que toma el parque más grande del norte —hoy infrautilizado, temido de noche, de espaldas a su barrio— y le devuelve la condición básica para existir como espacio público: que se pueda entrar. Porque un parque, al final, no se mide por lo que contiene, sino por lo que deja entrar.